Reflexiones del Camino

Canción: La Meta Siempre Fui Yo

Llevo tiempo queriendo escribir una reflexión sobre el Camino de Santiago. El cual recorro un par de veces al año. No es fácil, porque es un asunto complejo y también muy personal, pero voy a intentar poner en palabras lo que muchas veces se siente caminando, o al menos lo que yo siento.

Cada año cientos de miles de personas recorren los distintos caminos que llevan a Santiago, desde muchos lugares de España y también del extranjero. Personas muy diferentes entre sí que, en algún momento, deciden ponerse una mochila con lo justo y lanzarse a recorrer cientos, a veces miles, de kilómetros.

¿Qué les impulsa a hacerlo?

Imagino que habrá muchas razones. Algunos lo harán por motivos religiosos, por la tradición ligada al apóstol Santiago y a la historia del cristianismo. Otros por deporte, por cultura, por cumplir una promesa o simplemente por vivir una aventura.

Pero también estamos los que lo hacemos por algo más difícil de explicar. Mucha gente lo llama “motivos espirituales”. Yo no suelo usar esa palabra, pero quizá sea la que más se acerca.

La primera vez que haces el Camino, normalmente no sabes muy bien por qué estás allí. Al menos a mí me pasó, y a muchas de las personas que he conocido en los trece caminos que ya he recorrido también. Empiezas a caminar sin tener muy claro qué buscas. Pero según pasan los días algo empieza a cambiar dentro de ti.

Es como si poco a poco fueras desprendiéndote de capas que has ido acumulando durante toda tu vida.

La primera capa que se cae es la de las obligaciones. Dejas atrás la rutina: el trabajo, los horarios, los compromisos, incluso la vida social tal y como la conoces. De repente tu vida se simplifica de una manera radical.

Solo quedan unas pocas cosas básicas: levantarte, desayunar, caminar, parar a descansar, buscar dónde comer, encontrar un albergue, registrarte, ducharte, lavar la ropa y dormir.

Y, sobre todo, caminar.

Caminar seis o siete horas al día por carreteras, senderos, pistas forestales, bosques, montañas, barrancos o acantilados. A veces rodeado de gente, pero muchas otras completamente solo. Horas sin cobertura móvil, sin ruido, sin distracciones. Solo tú, el sonido de tus pasos, tus pensamientos y la naturaleza.

Eso te da algo que en la vida cotidiana casi nunca tenemos: tiempo, silencio, soledad, paz. Y también una sensación muy intensa de estar dentro de la naturaleza, de formar parte de ella.

El sol que quema, la lluvia que empapa, el frío, la niebla, las piedras del camino, los arroyos, las cascadas… todo te toca directamente, sin filtros. Y ahí estás tú, con tu mochila, pequeño y frágil en medio de todo eso.

Creo que es en ese punto cuando empiezan a caer otras capas más profundas. Las falsas relaciones que uno mantiene por costumbre o por compromiso. Las ideas que nos meten en la cabeza cada día los medios de comunicación. Las consignas sociales que pretenden decirte quién eres o qué derechos tienes, como si esos derechos fueran algo que alguien te concede.

También se resquebrajan la hipocresía, los falsos ídolos, los dogmas que muchas veces seguimos sin preguntarnos por qué.

Todo eso se va agrietando poco a poco, casi sin que te des cuenta. Tú solo sigues caminando, inmerso en tus pensamientos. Pensamientos que cambian cada día, que a veces se contradicen, pero que poco a poco van transformando algo dentro de ti.

Es como si entraras en una especie de diálogo silencioso con la naturaleza y con la vida misma. Como si recordaras que, más allá de todo lo que hemos construido como sociedad, seguimos siendo parte de algo mucho más grande.

Habrá quien piense que todo esto no son más que divagaciones filosóficas de alguien con demasiado tiempo libre. Y puede ser que a algunos les suene así.

Pero estoy bastante seguro de que muchos de esos peregrinos que vuelven una y otra vez al Camino de Santiago —y son cientos de miles— entenderán perfectamente lo que intento explicar. Porque aunque a veces no sepamos ponerle palabras, casi todos sentimos ese “algo” que nos empuja a regresar.

Cada uno lo llamará como quiera: energía, aventura, experiencia… o incluso una especie de droga.

La sensación de liberarte de cargas, de quitarte las máscaras, de dejar atrás las fachadas y la hipocresía. La sensación de ser simplemente tú mismo en lo alto de una montaña, con todas tus pertenencias en la espalda, pudiendo decidir si sigues adelante, si vuelves atrás o si te sientas a mirar el paisaje sin ninguna otra obligación.

En el Camino también ocurre algo curioso con las personas. Hablas con quien quieres, cuando quieres. No hay formalismos ni obligaciones sociales. Y, sin embargo, a veces se crean amistades muy profundas con gente con la que solo compartes unos días o unas semanas.

Personas que llegan a conocer partes de ti que quizá ni tu propia familia o tus amigos de toda la vida conocen.

Eso es algo difícil de explicar y todavía más difícil de experimentar fuera del Camino. No es lo mismo subir un día a un monte, dar un paseo o contemplar el mar. El Camino es otra cosa. Es la repetición diaria del andar, del cansancio, del silencio, del tiempo para pensar.

Día tras día.

Y en ese proceso vas perdiendo poco a poco las máscaras y las capas que te cubren. Hasta que, en algún momento, sientes que tu corazón queda un poco más al descubierto. Y puedes verte tal como eres… o tal vez como siempre has querido ser.

Y entonces entiendes algo muy sencillo.

Y cuando llegues al final del camino, te darás cuenta de que tu eras la meta”

LA META SIEMPRE FUI YO